
Hay tantas cosas por contar, tantos secretos escondidos, ocultos en el baúl del tiempo, envueltos por el polvo del silencio, hay tantas proezas disfrutadas, tantas horas lamentadas, muchas huellas en los pasadizos de mis pensamientos, risas solitarias pero con sentido, miradas al piso por vergüenza y algunas lágrimas en las mejillas.
Es extraño cuando las ideas y sentimientos se vuelven erupciones de palabras, a veces sin sentido alguno, pero siempre con intensa profundidad, queriendo contar tantas historias, tantos cuentos y no de ciencia ficción, sino de experiencias o de sueños tejidos en las paredes del viento, dicen que esa sensación de gritar que acumula melancolía y felicidad a la vez se llama inspiración, la sensibilidad de expresar los sentimientos más fuertes e intensos, los que a veces están guardados bajo diez mil llaves en el corazón de cada uno.
Afortunadamente el mío no tiene llaves, solo una puerta supuestamente cerrada de hierro aún sin oxidar, y de vez en cuando abro la puerta sin seguro, sin mayor esfuerzo giro la manija y sólo limpio esa habitación, le doy paz a mi interior, no vendo el equipaje que hay adentro, lo reciclo e intento impregnarlo en un papel, quisiera poder transmitirlo con cuerdas vocales melodiosas, pero carezco de ese don, por eso gentilmente creo aprovechar uno de los que Dios me dio.
A veces las lunas hacen fotosíntesis conmigo, y es ahí cuando puedo liberar mi mente, sacarme esa máscara de muchacho valiente, y muestro una fragilidad de vidrio, uno que no es a prueba de balas, sino que se quiebra con sutileza, pero no quiero contar mucho de esto por ahora, solo quiero dar un preámbulo a la vida que percibo, a la mía y a la que veo en cada rostro y alma que se cruza en mi camino, quiero limpiar más que nunca mi interior, encerarlo y sacarle brillo, comprar nuevos adornos, pintar algunos cuadros dentro mío, contando viejas historias, desde las bromas triviales con los amigos, hasta las noches locas que tuvieron a una luna celosa de caricias como único testigo en algún rincón repleto de suspiros, o algunas extrañas caminatas sepultando momentos dolorosos, algunas sonrisas causadas por las cosquillas al corazón que provoca una ilusión, o aquella historia de amor que siempre tendrá su lugar dentro tuyo, hasta los momentos no tan lúcidos por beber algo de etanol, quizás los días crueles pero cálidos en el hospital, momentos que van dejando huella y enseñanzas dentro mío, que no siempre descubro, pero que de vez en cuando alumbro con perfecta claridad y misteriosa y tímida ambigüedad.
Es cierto que aún no cuento historias, pero pronto empezaré, hoy solo giré la manija, de ahora en adelante dejaré mi habitación interna impecable, y plasmaré momentos en una pantalla de computadora, colocaré hasta poemas en sus pupilas, pero los gravaré en el corazón ajeno, ese que siente algo parecido a lo que pretendo mostrar, que busca consuelo o solo una palabra de aliento, como yo la busco en otras personas, pues aquí sólo descubro la versión original de mi ser.
Es extraño cuando las ideas y sentimientos se vuelven erupciones de palabras, a veces sin sentido alguno, pero siempre con intensa profundidad, queriendo contar tantas historias, tantos cuentos y no de ciencia ficción, sino de experiencias o de sueños tejidos en las paredes del viento, dicen que esa sensación de gritar que acumula melancolía y felicidad a la vez se llama inspiración, la sensibilidad de expresar los sentimientos más fuertes e intensos, los que a veces están guardados bajo diez mil llaves en el corazón de cada uno.
Afortunadamente el mío no tiene llaves, solo una puerta supuestamente cerrada de hierro aún sin oxidar, y de vez en cuando abro la puerta sin seguro, sin mayor esfuerzo giro la manija y sólo limpio esa habitación, le doy paz a mi interior, no vendo el equipaje que hay adentro, lo reciclo e intento impregnarlo en un papel, quisiera poder transmitirlo con cuerdas vocales melodiosas, pero carezco de ese don, por eso gentilmente creo aprovechar uno de los que Dios me dio.
A veces las lunas hacen fotosíntesis conmigo, y es ahí cuando puedo liberar mi mente, sacarme esa máscara de muchacho valiente, y muestro una fragilidad de vidrio, uno que no es a prueba de balas, sino que se quiebra con sutileza, pero no quiero contar mucho de esto por ahora, solo quiero dar un preámbulo a la vida que percibo, a la mía y a la que veo en cada rostro y alma que se cruza en mi camino, quiero limpiar más que nunca mi interior, encerarlo y sacarle brillo, comprar nuevos adornos, pintar algunos cuadros dentro mío, contando viejas historias, desde las bromas triviales con los amigos, hasta las noches locas que tuvieron a una luna celosa de caricias como único testigo en algún rincón repleto de suspiros, o algunas extrañas caminatas sepultando momentos dolorosos, algunas sonrisas causadas por las cosquillas al corazón que provoca una ilusión, o aquella historia de amor que siempre tendrá su lugar dentro tuyo, hasta los momentos no tan lúcidos por beber algo de etanol, quizás los días crueles pero cálidos en el hospital, momentos que van dejando huella y enseñanzas dentro mío, que no siempre descubro, pero que de vez en cuando alumbro con perfecta claridad y misteriosa y tímida ambigüedad.
Es cierto que aún no cuento historias, pero pronto empezaré, hoy solo giré la manija, de ahora en adelante dejaré mi habitación interna impecable, y plasmaré momentos en una pantalla de computadora, colocaré hasta poemas en sus pupilas, pero los gravaré en el corazón ajeno, ese que siente algo parecido a lo que pretendo mostrar, que busca consuelo o solo una palabra de aliento, como yo la busco en otras personas, pues aquí sólo descubro la versión original de mi ser.
